CINCO AÑOS

Un 12 de junio de hace 5 años tomaba café con mi hermano y es café sería el último que tomaríamos.

“Cinco años ya”, no se si pensar que estos años han pasado volando o que el tiempo se ha detenido porque dependiendo del día, mi sensación es una u otra.

Pero la cruda realidad es que la vida se detuvo hace 5 años, justo en el mismo sitio en el que ahora estoy sentado y escribiendo. Si levanto la mirada por encima del mostrador dentro de mi imaginación puedo verle sentado en la silla con un café en la mano y esa increíble sonrisa que siempre llevaba puesta.

Detalles del aquel día se van perdiendo en mi memoria pero lo que no consigo borrar es el hecho de aquel aquel 12 de junio de hace 5 años, mi hermano falleció en mis brazos.

Después de aquel momento alguien enrolaría a mi hermano y a mi familia en una batalla que de antemano teníamos perdida sin nosotros saberlo, alguien despiadado, alguien sin criterio, 5 años después aún no hemos sido capaces de descubrir los motivos que le llevaron a seguir adelante con un plan tan demoledor. Después de 5 años sigue siendo difícil creer en algo o en alguien.

Durante esos 43 días de lucha sin tregua por parte de mi hermano, de los médicos y de mi familia, el estado de mi hermano no hizo nada más que empeorar. Años después podemos entender que no cabía posibilidad de éxito alguno pese a que nosotros no lo contemplaramos así pero el destino ya estaba sentenciado.

¿Por qué aquel que tenía la capacidad de decisión no optó por terminar con ello de una manera menos cruel y despiadada?

Hubiera sido mucho menos doloroso para mi familia, que mi hermano hubiese cerrado sus ojos para siempre entre mis brazos y no un puñado de días más tarde en la habitación de un hospital con todo lo que eso supuso, sobre todo para él pero que además consiguió dejar marcada para siempre nuestras vidas por aquellos duros y difíciles momentos.

Desde entonces nuestra vidas cambiaron.

Mi familia, amigos y el deporte hacen que la vida continúe pero no avanza, se ha quedado anclada 5 años atrás.

Respecto a vida deportiva / laboral, desde aquel día hasta hoy ha avanzado llegando incluso en muchos aspectos a dispararse de acontecimientos y alegrías pero no consigo ser capaz de saborearlo.

En muchas de mis carreras no se si corro o sencillamente me escondo. Siento que solo me muevo por caminos o montañas en busca de recuerdos y sensaciones que únicamente soy capaz de encontrar en esos lugares, en esos momentos, voy a ellos para esconderme de la realidad.

El cansancio consigue hacerme débil y, es justo en ese estado emocional cuando rebusco en lo más profundo de mi corazón para encontrarme con él, con mi hermano.

No tengo instinto de superación y mucho menos de competitividad dentro de las carreras porque en realidad me importa una mierda. Me da de lado el corredor que me adelanta o al que yo adelanto porque, por suerte para ellos, no vamos allí en busca de las mismas sensaciones.

Hoy hace 5 años que mi vida se estancó y así fue como lo viví:

 

<< Mientras mi hermano corría en la cinta pude ver como le dio a la parada de emergencia y se bajó de la cinta con mal gesto en la cara. Le pregunté que por qué se había bajado de la cinta.
—¡Me duelen los abductores! —fue su respuesta.

Justo enfrente de la recepción tengo una barra que simula la
de un bar con las dos banquetas altas que había comentado
anteriormente. Hay unos muebles a cada lado de la barra donde
guardamos demasiadas cosas. Abrió la puerta derecha del mueble
para coger papel higiénico, secarse el sudor y sonarse la nariz.

Todo esto sucedía mientras yo colocaba y etiquetaba los
productos que me había dejado una representante. No me di cuenta de que algo estaba sucediendo, de que algo no marchaba como tenía que hacerlo, que mi hermano allí, de pie, delante de mí
estaba empezando a encontrarse mal.

Fue cuando escuché unas palabras que salían de su boca pero que no parecían ni siquiera pronunciadas por él. Le miré y le contesté:

—¿Qué dices? Su respuesta fue la misma que me había formulado antes y no había podido entender: —¿Eso es para mí?

Tenía la voz tan distorsionada que esa pregunta que me hizo
la tuve prácticamente que imaginar uniéndola con la siguiente
pregunta: —¿Que si ese bote es para mí? Refiriéndose a los botes que yo tenía en la mano.

Salí del mostrador en menos de un segundo. Mi cara, sin
verla, ya reflejaba la preocupación que sentía por no saber lo que
estaba sucediendo en ese instante. Me acerqué a él justo un
instante después de ver cómo el rollo de papel higiénico se le
caía de las manos, sujetando él un extremo e intentando
recogerlo sin apenas hacer ningún movimiento.

Estaba inmóvil, completamente erguido y la sensación que
tuve en ese momento es que la vida se había ralentizado, casi al
punto de pararse.

Mi confusión era tal que apenas podía pensar. Le quité el rollo de las manos y lo puse en el mueble sin apartar mi vista de sus ojos, esos ojos que me lo estaban diciendo todo y en los que no fui capaz de percibir la respuesta a lo que sucedía.

Llevé mis manos a su cara y le pregunté si estaba bien. Me sentía
tan confuso que no sabía por dónde tirar o qué hacer o pensar. Su
respuesta volvió a ser la misma: —¡Sí, estoy bien! —me dijo y continuó — ¿Por qué? Seguía sin ser capaz de entender lo que estaba sucediendo y noté que no le podía transmitir tranquilidad, esa tranquilidad que él siempre necesitaba que le transmitiese.

Sólo era capaz de repetir, una segunda vez, la misma pregunta ya formulada y respondida. Empecé a reaccionar. Apenas habían pasado unos segundos desde que salí corriendo del mostrador para llegar hasta él, pero a mí me parecieron horas.

Mi siguiente pregunta, de inmediato, fue para saber si se encontraba mareado y respondió: —Un poco. Le agarré por la cintura con mi mano derecha y con la izquierda abrí la puerta que está pegada a la máquina de café y que nos conducía al vestuario masculino y a un pasillo que termina en la sala de actividades colectivas, un pasillo que apenas tiene tres metros de largo por uno y unos dos de ancho finalizando en un escalón de unos cincuenta centímetros de alto que da acceso a la sala.

Entramos los dos en el pasillo.

Casi no entramos los dos a la vez, pero no podía soltarlo ya que empecé a notar que su paso había cambiado y cojeaba del lado izquierdo. Esos escasos tres metros de pasillo se hicieron kilómetros interminables, quizá los más largos de mi vida. No terminaba nunca y cada paso era más lento, costándome más sujetarlo.

Llegados al escalón no fui capaz de hacer que bajase porque no entramos los dos al mismo tiempo y tuve miedo de soltarlo porque, en ese instante estuve seguro que no iba a poder ser capaz de aguantar su peso y se derrumbaría en el frío suelo.

No encontraba en mi cabeza la solución a algo tan absurdo
como era bajar un escalón, un escalón que habíamos bajado
millones de veces en toda nuestra vida, que éramos capaces de
hacerlo con los ojos cerrados y con las manos atadas a la espalda.
En ese instante no vi manera alguna de hacerlo. Interminable
estaban siendo esos segundos.

Me puse delante de él una vez había bajado yo y, con mis manos, le sujeté fuerte por la cintura para poder ayudarle a bajar. Mientras lo hacía sentía cómo su peso corporal se había triplicado: tal vez fuera porque estaba andando por inercia o quizá porque tenía tanto miedo que no podía con él.

Soy bastante fuerte, lo suficiente como para poder levantarlo
en volandas como he hecho miles de veces practicando Judo con
él pero, en aquel momento, no podía ni aguantar mi propio peso
y se me estaban doblando las rodillas. Dimos un par de pasos
más y le tumbé con cuidado, con el máximo cuidado que alguien
puede tener con su hermano en la situación que nos estaba
tocando vivir. Apoyó su espalda en la colchoneta de color azul
que usamos para proteger las esquinas en las clases de Judo y
una de sus piernas se quedó flexionada apoyando su pie en el
suelo.

Le ayudé a estirarla y le dejé completamente tumbado boca arriba. Seguía con los cascos puestos y en ese momento escuché la música que salía de ellos. Estaba sudando mucho, mucho más de lo que él sudaría por haber realizado apenas tres kilómetros en la cinta a un ritmo no demasiado alto.

Escuché la música por segunda vez, casi tan alto que era capaz de saber qué canción era por el volumen tan alto que tenía, tanto que se metía en mi cabeza y no escuchaba nada más que eso, esa música infernal que siempre acompasaba con movimientos extraños que intentaban ser lo más parecidos a un baile.

Mi confusión y mi estado de nervios eran tales que me ahogaba. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. No encontraba respuesta o decisión acertada en mi cabeza para poder continuar.

Estaba de rodillas junto a él y no era capaz de nada más y el tiempo, el puto tiempo, no dejaba de proseguir su camino…

¡La puerta del pasillo! Era a Nuria a quien vi seguida de Bego entrando a toda velocidad en la sala para llegar a situarse a mi
espalda.

Sé que comentamos algo sobre su estado pero no soy capaz de recordar las palabras que pronunciaban. Sólo estaba observando cómo mi hermano no podía hablar con claridad ya que tenía un lado de la boca paralizado y sólo usaba el contrario al mover la boca. Escuché a Nuria decirme que llamase a una ambulancia.

¿Ambulancia? Nunca había usado esa palabra en una frase que se relacionara con mi familia. Llegué al teléfono que tengo dentro de la recepción que está a la entrada.

Es un mostrador idéntico al de la barra que sujeta la máquina de café y desde fuera alcancé el teléfono marcando tres dígitos en él. En cuestión de segundos me había atendido una señorita a la que le
expliqué el caso y me puso en contacto con el médico para repetirle las mismas palabras. Colgué el teléfono y regresé junto a mi hermano.

Llegué tan rápido que no recuerdo pasar por aquel pasillo que minutos antes había sido interminable. Me acerqué a él para ver su estado y comprobar que era exacto a antes de haber salido a llamar. Sé que está en buenas manos teniendo como enfermeras forzosas a las chicas.

Sin pensar, regreso a la recepción para agarrar el teléfono otra vez. Esta vez marco nueve dígitos, los nueve dígitos del teléfono de mis padres, siendo incapaz ahora mismo de saber quién me contestó, sólo recuerdo que expliqué la situación y dije que se apresuren en llegar.

Alrededor de 12 kilómetros son los que separan los dos municipios. Para cuando ellos hicieron su aparición, estábamos en la calle sacando a mi hermano tumbado en una camilla para subirle a la ambulancia tras haber sido atendido y estabilizado dentro de la sala. Fue mi madre la primera en acercarse y preguntarme cómo estaba, siendo mi respuesta la mirada que dirigí hacia mi hermano.

Los acontecimientos siguientes no es necesario contarlos, excepto que mi padre no tenía gasolina para llegar al hospital y se enfadó muchísimo por tener que parar a repostar en una situación en la que el miedo y los nervios viajaban con nosotros en el coche.

Llegamos al hospital a la vez que la ambulancia. Mi madre y yo nos acercamos a la puerta trasera por donde bajaban a mi hermano. Nos derrumbamos al comprobar que su aspecto físico había empeorado notablemente en el traslado.

En un abrir y cerrar de ojos estábamos de pie en la recepción del hospital, junto a la sala de espera, sin entrar en ella, quizá con la esperanza de verle aparecer en unos minutos siendo algo sin importancia lo que le había sucedido. Éste era un pensamiento
ilusorio que rondaba por mi cabeza ya que había recibido previamente un mensaje del chico de la ambulancia mientras volábamos por la carretera camino del hospital.

En ese mensaje decía que mi hermano había sufrido un ictus, algo que no pude compartir con mis padres en ese momento para no preocuparles más durante el trayecto.

El silencio hizo presa de nosotros. Cada uno tendríamos nuestros pensamientos mudos en nuestras cabezas.

Ese silencio lo rompió el vigilante de seguridad vestido de color marrón y amarillo que se acercó a mí para decirme que nos había visto llegar y quería ayudarnos en lo posible. Es más, al ver nuestra
preocupación me dijo con voz tranquila y algo preocupada: —Acércate a la puerta de entrada a los boxes y cuando te diga
me acompañas a ver a tu hermano.

No podía articular palabra. No podía pensar. Me quedé allí inmóvil, como un cachorro. Me sentía desprotegido, sin fuerzas, desvalido y queriendo aguantar el tipo y permanecer fuerte para dar tranquilidad a mi familia.

Pasados unos minutos el vigilante me hizo un gesto para que me acercara a él y poder entrar a lo que en aquel momento era un lugar completamente extraño para mí: un pasillo lleno de enfermos para ver a mi hermano. «¡No tiene que estar aquí.

Él no tiene que estar aquí!» —pensaba, mientras recorría el pasillo sin darme cuenta de quién estaba al otro lado de las cortinas que íbamos dejando atrás a toda velocidad—. El vigilante me empujó contra una especie de habitación donde permanecí inmóvil escuchando cómo me decía que sólo le viese y no le hablase.

Vi llegar a David sobre una camilla de sábanas blancas, empujado por un par de personas, que no sé si eran hombres o mujeres. Me vio asomar la cabeza y me dijo: —¿Qué me pasa Raúl?

No había ruido. No había nadie, sólo él y yo, los dos solos en
el lugar equivocado. —Tú tranquilo Divi —le comenté con voz relajada—. Te vas a poner bien —pero mi voz no acompañaba a mi rostro.

Al escuchar mis palabras se recostó en la almohada de la camilla. Dio la sensación de que mis palabras, como en otras muchas ocasiones, le habían tranquilizado y lo mismo él pensaría que su hermano pequeño estaba ahí, como siempre, para ayudarle y cuidar de él —creo que pensaría eso al ver cómo su gesto cambió al escucharme—.

De regreso a la sala de espera donde aguardaban mis padres y tíos, que ya habían llegado, fui pensando en mis palabras. ¿Le habría mentido? ¿Me habría mentido yo? ¿Quién tenía las respuestas que necesito escuchar?

Intenté tranquilizar a mi familia contándoles y adornando lo que había sucedido en ese encuentro, sin ningún éxito, por supuesto.

Recuerdo que me senté en la silla de plástico que había en mitad de la sala y me puse a llorar sabiendo que aquello no pintaba bien, queriendo creerme las mentiras que soltaba por mi boca para dejar tranquilos a mi familia.

En ese momento y sólo en ese momento pensé que era yo quien tenía que estar ahí dentro, que yo era más fuerte físicamente que mi hermano y que yo podría aguantar más el dolor y el sufrimiento, mientras él sería el que estaría en esa silla de plástico esperando a que su hermano saliera de ahí. >>

 

 

¿A qué suena el silencio? 

Ésta es una pregunta con miles de respuestas, que a día de hoy, aún no se responder.

Anuncios

2 comentarios sobre “CINCO AÑOS

  1. La lucha continúa. No por uno mismo porque, los que hemos pasado por experiencias vitales (así lo llaman los finos, yo prefiero llamarlas simplemente putadas) sentimos un desprecio por nuestra seguridad, por nuestro bienestar, que a los que no son de “los nuestros” les sorprende. Ese desprecio no es por locos. Es porque preferimos guardar nuestra seguridad para los nuestros en lugar de para nosotros mismos. Absurdo pero…así es.
    Continuamos peleando por nuestros hijos por nuestras parejas y por los hermanos que quedan, por los amigos de verdad que se cuentan casi con los dedos de un muñón. Continuanos para, una vez que hemos comprendido que el mundo no tiene remedio, mejorar nuestro pequeño universo, nuestro pequeño entorno, enseñarle a nuestros enanos cómo seguir. Ya que los trajimos hasta aquí, darles las herramientas para que puedan defenserse en todos los aspectos en este mundo y enseñarles que hay cosas que se hacen simplemente porque es lo correcto. Sin más. Sin contraprestación sin recompensa.

    Estoy seguro que cuando cruce al otro lado, uno de los que estará allí para guiarme y hacerlo todo más fácil sera David. Porque él sabe qué es lo correcto, él ya lo sabe todo, no necesita contraprestación ni recompensa.

    El mundo es mucho más triste si él. Y mucho más aburrido. Sin duda.

    Abrazos

  2. Cómo sabes tengo muchos recuerdos de vosotros, de tu hermano. Tantos años desde que os conozco, tantas vivencias. Os recuerdo por los pasillos de vuestro cole, cuando yo iba a dar clases, os recuerdo con vuestro uniforme en el gimnasio, tan pequeños aún. Y esa foto de David con sus gafas de sol, esa foto me hace recordarle con una sonrisa: siempre alegre, bromista, “ligón” desde bien pequeño.
    Lo siento tanto por él y por vosotros, su familia, pero no queda otra que seguir Raúl, bien lo sabes. Y algún día, en algún lugar,tenlo por seguro, os volveréis a encontrar.
    Os quiero familia.
    Teresita

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.