NUESTRO ÚLTIMO CAFÉ

Hace 5 años y como reflejo en mi libro “¿A qué suena el silencio?” mi hermano y yo tomaríamos el que fuese nuestro último café.

 

¿A qué suena el silencio?

CAPÍTULO XI

Nuestro último café


¿Quién es el culpable? Porque no quiero escuchar eso de que
no es culpa de nadie. Necesito un culpable. Necesito poder gritar
a alguien. Necesito destrozar su vida, hacerla pedazos, igual que
él ha destrozado la nuestra. Necesito alguien a quien poder gritar,
igual que grité por la ausencia de mi hermano. Me vi allí, encima
de él, gritando por su ausencia, por su silencio, por su falta.
Apenas llevaba unos minutos sin él y me estaba pareciendo toda
una vida.
—Te necesito, David. No me dejes. No te vayas. No me
abandones. ¡No, no, no!, —grité.
Después de salir de la habitación me quedé hundido: quería
morir, quería irme con él, quería estar a su lado. No lo decía por
decir. Nunca he dicho nada más en serio. Nunca he querido
morir. Nunca he sido un cobarde, pero en aquel instante lo fui.
Era más sencillo desaparecer que aguantar tanto dolor, que sentir
el dolor que mi familia tenía o que poder soportar ver a mis
padres. Fui un cobarde.
Esta vida te deja grabaciones en la cabeza, en el disco duro de
tu cuerpo, en esa parte que nunca se puede borrar. Es ahí donde
se guardan los buenos y malos momentos. Hay muchos buenos
momentos, pero siempre los malos lo tapan todo, siendo estos los
únicos recuerdos que ves en tu cabeza en momentos como éste.
El dolor, la pérdida, la soledad, son mis compañeros de viaje y
este viaje no tiene final, tiene que tenerlo, pero no por el
momento, no por ahora. Ahora sólo siento eso, dolor.
Su nombre en el Tanatorio es de esas cosas que no voy a
poder borrar nunca: el nombre de mi hermano en una placa, en la
entrada de una sala donde está su cuerpo sin vida  ¿Quién es
capaz de soportar esto? Una sala que se llenaría de gente, de
amigos, de familia. Gente que ocuparía la totalidad del
Tanatorio. Muchos besos, mucha gente, muchas explicaciones,
muchas lágrimas, muchas palabras que no dicen nada. Todos y
cada uno de los que hasta allí se habían acercado tienen el
máximo de mis respetos.
Me movía en ese edificio como un espíritu. No era yo el que
estaba allí, era sólo mi cuerpo porque mi alma estaba buscando a
mi hermano, pero no lo encontraba, no le notaba y eso me
entristecía aún más —nunca he sentido tanto dolor—. Este
calvario duraría dos días, dos días interminables, para luego
continuar el resto de mi vida. Pero en realidad no quería que
terminasen, porque le tenía allá, podía verle y podía hablarle.
Sentía que ya no lo podría hacer nunca más y no quería que
llegase la hora de su marcha.
Entre tanta gente encontré la forma de sentarme a su lado,
sólo separados por un cristal que no era suficiente para
separarme de él. Estaba al otro lado de cristal, pero mi cabeza era
capaz de atravesarlo y cogerle de la mano. Me llevé un café para
tomármelo junto a él: ése sería nuestro último café juntos. Nos
habíamos tomado miles en el gimnasio cada vez que él iba a
verme y ahora yo fui en su busca para tomar el último. Ya no
habría más. Ya no habría nada más. Ya nunca más podría decirle
lo mucho que le quiero. Ya nunca más podría acariciarle. Ya
nunca más podría sentir su olor. Ya nunca más de nada.
Pese al sitio, al dolor y al sufrimiento que sentía fue un
momento increíble. Durante ese café sólo estábamos él y yo, no
había nadie, todos habían desaparecido y sólo él y yo. Ésa fue,
sin duda, la despedida más dolorosa, pero también la más amada.
Eso ya no nos lo va a quitar nadie. Sé que estaba allí conmigo;
noté su presencia, noté su beso al decirme adiós.

«Te quiero Divi, dentro de un rato nos veremos».
Entramos todos a la capilla que estaba abarrotada de gente,
completamente llena, tanto que había gente de pie en los pasillos.
Todos, absolutamente todos, estaban allí para despedir a mi
hermano, para acompañarnos y para compartir nuestro dolor.
Después que el cura terminara la misa, mi hermana comenzó a
aplaudir, un aplauso que acompañó todo el mundo y que fue
precioso y eterno.
—Ahí lo tienes Divi, ahí tienes la mejor de las despedidas
—le dije.
Un aplauso que como Josito, un amigo de la familia dijo días
después, «aún se escucha».

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