LOS LUGARES MÁS BELLOS POR LOS QUE HE CORRIDO

Estos días de vacaciones y mientras conduzco, comento con Vero sobre la suerte que tengo de poder haber corrido en los lugares tan maravillosos por los que lo he hecho.

En alguna ocasión, algún amigo me había comentado si corría con una libreta y un bolígrafo ya que recuerdo perfectamente los lugares por los que he pasado, los olores que he percibido, incluso las piedras que he saltado, no voy pensando en ello, tan solo lo recuerdo con perfecta claridad.

Muchos de los kilómetros recorridos han sido con mi compañera Mari A. y los dos coincidimos en que correr no es solo correr, es mucho más.

En realidad no soy un corredor “típico” de aquellos que les guste llegar cuanto antes a meta. O de esos que lo que les gusta es ir rápido, muy rápido. Me gusta mucho correr, pero correr y contemplar. Disfrutar del paisaje, vivir cada paso que doy, cada instante.

También me han criticado en alguna ocasión esta forma de ver las carreras, dando por hecho que si no corres todo lo rápido que puedes, no es correr. Quizás tengan razón, quizás las carreras sean así y yo este un poco loco por no querer que terminen, por no tener prisa por cruzar la línea de meta.

Pero digo yo, si correr me apasiona, ¿por qué voy a tener prisa por llegar?

Algunos dirán; yo gané esta o aquella carrera. Yo diré; yo corrí por este lugar, por ese, por este otro y por aquel también. 

La frase de cabecera de mi blog es “todos tenemos un motivo para hacer deporte” que cada cual escoja los suyos por que yo los tengo muy claros.

Como prueba de ello, os dejo una galería de fotos de algunos de los lugares por los que mis Mizuno han corrido. Cuando he terminado de redactar esta entrada y he visto algunos de los lugares mágicos por los que he tenido la suerte de correr, pienso que correr es mucho más que poner un pie delante de otro, correr es mucho más…

 

TIRAR SIN MIRAR ATRÁS

Lo que más me gusta de correr es poder contemplar paisajes a los que, como ya he dicho en muchas ocasiones, solo llegas corriendo ya que para poder llegar paseando tendríamos que emplear un largo puñado de horas.

La carrera que se celebraba en San Lorenzo de el Escorial de la mano de la organización Madrid Tactika Trail, con la que ya había corrido en muchas ocasiones celebraban en este hermoso municipio, la que consideran como más dura de su circuito.

Con 2 distancias. Recorrido largo con 19 kilómetros y otro más corto con 12 en el que pude comprobar que serían algo más y saldrían un total de 14,5 kilómetros.

Roberto de la empresa Gold Nutrition, patrocinador de la prueba me invitó a correr. Hace poco más de 15 días corrí en el Ultra de Barcelona y la verdad es que estaba bastante bien pese a haber corrido 74 kilómetros. Lo malo fue que la semana pasada, justo unos días antes de esta carrera, el exceso de trabajo y una serie de acontecimientos impidieron que pudiese descansar y entrenar como tenía planificado.

Cuando sonó el despertador a la 7 de la mañana pude comprobar que mis piernas no funcionaban como deberían hacerlo y que la carrera sería un tanto más duro por ello de lo esperado.

Correría junto a Tomas y  Juan, en esta ocasión nos acompañaría la familia de cada uno para cuando terminásemos poder comernos unos bocatas y unas tortillas en un bonito entorno.

San Lorenzo de el Escorial se sitúa a 1.032 metros sobre el nivel del mar y el Pico Abantos a 1.753 metros por lo que  sería 14 kilómetros y algo con casi 1.000 metros de desnivel positivo, 1 kilómetro vertical.

Con la salida a eso de las 10:40 nos lanzamos sobre la primera de las pendientes que subiríamos hasta coronar Abantos. Una salida rápida, demasiado rápido para mi forma de correr ya que por mi tipo habitual de distancias, suelo usar los primeros 8/10 kilómetros como calentamiento y en esta carrera, a los 10 ya estaríamos casi a mitad.

Por lo que no queda otra que tirar sin mirar atrás, sin detenerse y lo peor de todo, sin poder contemplar el paisaje por el que estaba discurriendo la carrera.

Después de unas zetas suficientemente inclinadas como para hacerte ir con la cabeza baja, se llegaría a la cruz que marca el pico Abantos. Tan solo con una mirada de reojo lo veo y continúo con mi marcha.

Allá sobre el kilómetro 7 puse la música del mp3 con el que salí ya colocado pero sin encenderlo y es que me gusta usar la música como distracción y el fuerte bombeo de mi corazón y mi respiración mezclados con la música, tan solo consigue hacer que esté incómodo.

En el avituallamiento me encuentro cono corredores de la distancia larga, del mismo modo que me he encontrado con ellos en la subida. Una bifurcación marca el transcurso de cada carrera, la larga por la derecha y la corta.

Mientras corro en solitario por mi camino pienso que ese lugar puede crear dudas, no por estar mal marcado, todo lo contrario, la carrera estaba perfectamente marcada pero es un punto en que por tendencia sigues a la masa y en ese caso, el grueso de la carrera larga estaba por esa zona por lo que los corredores de la corta que llegasen podrían confundirse.

Empezaba la bajada que nos llevaría en un suspiro a la línea de meta. Aumento el ritmo durante la bajada al mismo tiempo que incremento el volumen de la música.  Del mismo modo que subimos por una zona de zetas, bajaremos por más zetas.

En bajadas tan rápidas o prestas atención y pones todos tus sentidos en lo que estas haciendo o tendrás que bajar el ritmo e incluso tendrás que levantarte del suelo porque seguramente tropieces.

No he mirado el reloj en la carrera salvo un par de ocasiones en la subida y cuando la canción “see you again” entra por mis idos, miro el reloj y marca 10.43, ¿que toca ahora? me pregunto y el ruido que hace el hueso de mi tobillo izquierdo cuando toca contra el suelo es lo siguiente que escucho.

Me hace gritar de dolor, creo más bien que mi grito sale de mucho más adentro. 3 casualidades como esas no son normales, es como que mi hermano lo ha colocado todo para decirme, aprieta el culo que estoy viéndote.

Continúo descendiendo. Los primeros pasos después del tropezón los hago cojeando pero el ritmo no ha descendido, todo lo contrario, en apenas unos segundo lo aumento. Un escalofrío que recorre todo mi cuerpo y continúo mi camino en solitario.

Hay cosas que me dejan sin aliento y la sensación de sentir a mi hermano después de casi 4 años sin él, es una de ellas. El camino se vuelve mudo.

Mis pensamientos se perturban por una idea que se colaba en mi cabeza durante la parte final de la carrera. Quería hacer a mi hijo protagonista subiéndole al podium. A Lucas le encanta ser centro de miradas, es tan cariñoso que le gusta sentirse querido y debido a su inocencia, aún no sabe lo que significa esos tres cajones, él tan solo quiere subir en ellos a jugar.

Cuando entraba por las calles asfaltadas de el Escorial pensaba en que apenas me había dado tiempo a nada. He de decir que la carrera me ha gustado pero no es mi estilo correr así. Me gustan las carreras en la que mi cabeza se llena de recuerdos y en esta ocasión va llena de pensamientos.

Llegando al último giro que dará acceso a la zona de llegada, son algunos niños los que ponen sus manitas para “chocarla” con ellos mientras paso corriendo. Entro en meta y puedo ver como mi muñeco sale corriendo hacia a mi con una gran sonrisa en su pequeña carita y con unos enormes ojos llenos de orgullo al ver a su padre aparecer.

Mientras nos fundimos en un abrazo lleno de amor, pienso que esos ojos de orgullo son los que todos tienen al ver a sus seres queridos aparecer por línea de meta. Sin duda es el mejor de los trofeos y yo llevo en brazos el más grande.

Como la carrera fue tan corta, he tenido que sacar fotos de el Escorial y del Pico Abantos de Internet para poder saber por los lugares que he corrido porque solo he podido ver piedras y raíces al llevar la mirada puesta en la carrera.

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Pero sin lugar a dudas, lo mejor de la carrera fue la compañía y la comilona que nos pegamos; autentico “CORRERPORQUESI”

LAS COSAS NO SUELEN SALIR COMO UNO LAS PLANEA

Por suerte ya son muchas las carreras que he realizado fuera de casa y cuando algo trastoca mis planes previos, suelo sonreír e intentar buscar soluciones en lugar de generar estrés a mi cabeza.

Comentado con mis amigos y, esta vez compañeros de viaje, sobre las carreras que había realizado, cometí un error de calculo que no descubrí hasta llegar a Madrid.

Con el Ultra de Barcelona que terminaba de correr había hecho 20 ultra maratones, 24 maratones, 24 medios maratones  y no no se muy bien cuantas carreras inferiores a 21 kilómetros he realizado, ya que estas no las suelo contar.

La cuestión es que teníamos los deberes terminados para llegar a Barcelona con el suficiente entrenamiento como para poder disfrutar cada uno de los 74 kilómetros que tanto Borja como yo haríamos.

Tomás, Juan y Paco harían junto a mi compañera Mari A. la distancia de 42 kilómetros.

El Ultra de Barcelona es una carrera de Coreevo, por lo que era una cita que no quería perderme. Nos encontraríamos en la carrera con el resto de compañeros del Team Coreevo y por supuesto con los jefes, lo cual me hacía especial ilusión ya que mi relación con ellos es muy estrecha.

Mi despertador sonó como cada día, a las 7 de la mañana. Hay que llevar a Lucas al cole y por supuesto preparar y desayunar mis tortitas de avena.

Esa noche quise meter a Lucas en mi cama ya que no verle es lo peor que llevo de mis viajes. Mis fines de semana son en exclusiva para él y no poder verle, no me hace mucha gracia. Realmente, nada de gracia.

Después de trabajar un rato llegan mis compañeros de viaje y nos disponemos a partir rumbo al aeropuerto. Les había recomendado comer algo antes de embarcar pues las horas vuelan sin que uno se de cuenta y teniendo en cuenta que el avión aterrizaría en Barcelona a las 16:00, entre que saliésemos del aeropuerto después de haber recogido ellos el coche que habían alquilado para llegar al hotel y posteriormente a la carrera, sería cerca de las 17:00.

Comer a esa hora haría que se juntase casi con la merienda por lo que a la cena no se llegaría con el mismo apetito.

Mis compañeros tenían la certeza de que todo iría rodado y que a las 21:00  estaríamos en la habitación del hotel pudiendo descansar y con la barriga llena, justo lo que hace falta para enfrentarte en pocas horas a una carrera exigente.

Mi experiencia me dice que no salen las cosas como se planean y que siempre sucede algo que cambia el planing. Adaptarte y saber gestionar los nuevos acontecimientos según van apareciendo será la clave para que todo pueda funcionar y,  por encima de todo, es la buena aptitud la que conseguirá que mantengas la sonrisa en la linea de meta el día siguiente.

Si me escuchas decir esto puedes pensar que estoy un poco “chalado” ¿qué puede pasar para que se trastoque todo?

Sigue leyendo para que entiendas a que me refiero:

Llegamos a las 14:15 al aeropuerto. Tenemos que pasar el control, cosa que odio, para estar en la puerta de embarque a las 14:30;  ya vamos un pelín justos.

Sin perder tiempo nos colocamos en la puerta por donde teníamos que subir al avión. Digo teníamos porque ese avión nunca despegaría de Barajas.

Nos comunican que por una avería, cambiaríamos de avión y en unos minutos nos darían la nueva puerta de embarque. Efectivamente, en unos minutos nos la dan, junto con la nueva noticia de que nuestro avión no despegaría de Madrid hasta pasadas las 18:30 de la tarde.

Se desmorona así el plan de llegar pronto y hacer lo que teníamos pensado en Barcelona. Pensamos en comer algo mientras esperamos pero nos anuncian que la compañía nos daría un ticket para canjearlo por comida. Después de llevar un rato en la fila para poder recogerlo, nos comunican que nos facilitarán otro nuevo vuelo que saldría antes de lo esperado y por lo tanto, los tickes para la comida dejarían de darlos.

Aún así pensamos en comer algo porque ya sería tarde comer en Barcelona. Una vez dentro de las terminales la buena comida brilla por su ausencia y lo mejor que encontramos fue un Burguer.

Allí estamos los 5, Tomás y yo comimos una hamburguesa de pollo sin ninguna gana, Paco un bocadillo que llevaba consigo, Juan un café y Borja otro tipo de hamburguesa.

Nos marean nuevamente con la salida de nuestro avión. Filas y más filas nos mantiene de pie durante varias horas hasta que por fin nos podemos sentar en el avión.

Bueno, parece que ya estamos listos para despegar. Pues no!!

Nos comunica el Comandante que no tenemos pista y pasaremos allí sentados varias horas por haber perdido el turno de despegue. Resignarse es lo que nos tocaba. Afortunadamente el sentido del humor casi nunca lo pierdo y nos pegamos unas risas junto con los pasajeros que tenía cerca de mi asiento.

Serían cerca de las 19:50 cuando llegamos a Barcelona y sobre las 21:00 cuando llegamos al hotel. Mis compañeros tenían su hotel a escasos metros del mío, por lo que juntarnos para cenar sería fácil. De ese modo no perderíamos tiempo en buscar un sitio pero el tiempo nos lo quería poner difícil pues nos estaba cayendo el diluvio universal.

Buscar un restaurante en un sitio que no conocíamos, a unas horas en las que ya teníamos que estar en el hotel descansando y sin poder ver, literalmente, por donde andábamos por culpa de la enorme tormenta sería complicado.

Borja decide que cenemos en el Burguer que había debajo de su hotel. ¿Otra vez hamburguesa? si una me gusta poco, imagina 2. Sonreír es lo único que podía hacer. Mi sonrisa se transformó en una carcajada al ver a Tomas, los dos repetiríamos menú.

Mientras cenamos miramos el local y comprobamos que somos los únicos adultos que allí nos encontramos.

También comentamos que afortunadamente es una carrera de mi equipo y que Alex, jefe de Coreevo estaba en la recogida de dorsales, permitió que mi compañera Mari A. pudiera acercarse a por ellos, gracias a esto pudimos correr, ya que la recogida de los mismo estaba abierto hasta las 21:00.

Mari nos dio los dorsales, terminamos de “chuparnos los dedos” por la suculenta cena y nos fuimos cada cual a su hotel. Me subí a mi habitación, no sin antes preguntar a la chica de recepción a qué hora podría desayunar. Su respuesta fue que me dejarían café y bollería,  además de fruta lista para cuando yo quisiera, pues el desayuno no empezaba hasta las 8 de la mañana. “Desayuno tempranillo” se llamaba y era servicio del hotel para sus clientes más madrugadores.

Una ducha, colocar mi uniforme para la carrera y a dormir. En segundos Morfeo se apoderó de mi.

Las 6 y el sonido típico antes  de las carreras sale de mi teléfono. Ese sonido es tan peculiar que cada vez que lo escucho me acuerdo de los madrugones.

Me ducho, me visto y bajo a desayunar. Los 2 pollos de las hamburguesas habían estado pelando toda la noche en mi estómago pues me habían sentado fatal. No estoy acostumbrado a comer mucha carne y menos de un Burguer.

Un café y algo de alimento saludable me ayudaría a sentirme mejor y alimentar las primeras horas de las muchas que teníamos por delante.

Mala suerte la mía al comprobar que un enorme grupo de Japoneses con el que me crucé la noche anterior, habían sido más madrugadores que yo y me habían dejado unas manzanas tan verdes que parecían de mentira y café. Ese sería el desayuno previo a una carrera de 70 kilómetros.

Aparece mi compañera y el resto de amigos, nos vamos al pueblo que marcaría la salida y llegada del Ultra de Barcelona. En apenas unos 15/20 minutos estábamos en un bar de Begues tomando café con corredores amigos y algunos conocidos.

Borja y yo nos colocamos en la línea de salida después de pasar el control de material y de despedirnos del resto del equipo que saldrían una hora más tarde.

Ahí, justo de la línea de salida, mi cabeza recuerda que el día anterior me levanté a las 7:00 y me acosté a las 23:00, comí y cené una comida mala típica de la fiesta de cumpleaños de un crío, desayuné un café y un pedazo de barrita de Nutrytec que llevaba para la carrera.

Lejos de hacer que todos esos acontecimientos marcaran de un modo negativo mis pensamientos, abroché fuerte mis zapatillas Mizuno, coloqué mis mallas y mi visera  Coreevo, abracé a Borja para desearle una buen carrera y le dije: “las cosas no suelen salir como uno planea” 

Después de una estupenda carrera la cual disfruté como siempre lo hago cuando corro larga distancia, echando de menos a mi compañera Mari A. con la que suelo compartir la mayoría de estas, en compañía de un gran compañero y amigo como es Borja con el que no pude entrar por la línea de meta como teníamos pensado hacer, por culpa de unos tirones en su isquio que le habían acompañado durante la mayoría de la carrera.

Después de 9 horas de carrera y más de 3.000 metros de desnivel positivo, crucé de nuevo el arco de Coreevo.

Con la posición 18 en una carrera en la que apenas he sufrido, en la que no he tenido ningún mal pensamiento y en la que he podido contemplar unos paisajes maravillosos a los que solo se pueden llegar corriendo.

Riéndome y cantando en voz alta cada vez que sonaba una canción en mi mp3 que me recordaba a las que escucho con mi familia cuando vamos juntos en el coche. Termino y me siento en un escalón junto a Mari y el resto de mis amigos que ya habían terminado mientras pienso…

 

“las cosas no salen siempre como uno las planea, salen mejor”