¿ A QUÉ SUENAN TUS SILENCIOS ?

Cuando mandé hacer la maquetación de mi libro, los trabajadores de la imprenta me dijeron que era un gran título para un libro.

Tenía claro que este, sería el título del libro, mis silencios eran demasiado ruidoso.

 

¿ A QUÉ SUENA EL SILENCIO ?

La verdad es que cuando me senté delante del ordenador, no lo hice con la idea de escribir un libro, no soy para nada, de las personas que les guste airear sus sentimientos, todo lo contrario. Generalmente soy muy emético y pocas personas conocen mis pensamientos más íntimos.

Quizá lo hice por recordar mis propios pensamientos sobre lo sucedido con mi hermano. Era una manera de hablar con alguien que entendía perfectamente cómo me sentía en esos momentos, yo me preguntaba y me respondía mediante las letras escritas.

Recuerdo que en muchas ocasiones, muchas, tenía que dejar de escribir para ir al baño para mojarme la cara y disimular mis lágrimas. Es muy doloroso recordar en primera persona algo tan duro, algo que te marca para toda la vida.

Una frase, un párrafo y sin darme cuenta, decenas de hojas escritas en mi ordenador. Mis secretos más íntimos escondidos tras una carpeta en el escritorio que no tenía título, no quería que nadie pudiese leer lo que estaba escribiendo.

Se lo enseñé a mi amigo Alberto, por casualidad y me dijo que era una historia digna de contar. “Dale un poco de forma y es un libro” me dijo. Se lo enseñé a personas muy especiales para mi, para que me diesen su opinión, para que compartiesen mi dolor, todos me animaron para continuar con ello.

¿Darle forma? es complicado hacer una introducción a la historia de tu vida.

Sea como fuere, terminé de escribirlo, de ordenarlo, de corregirlo e hice el borrador de MI LIBRO.

Ponerle portadas y fotos interiores era muy sencillo, sabía perfectamente lo que quería mostrar y lo que no. Una vez tuve diseñadas las portadas, elegí el color del lomo, este sería amarillo, para que cuando estuviese entre otros libros, destacase, porque es mi libro, es especial, es mi vida, es mi familia, es MI HERMANO.

¿Qué tiene de especial este libro?, sencillamente nada.

Quizás por eso sea especial, quizá sea como su autor, alguien tan poco especial que eso me hace especial. Un libro sencillo, llano, con un vocabulario muy coloquial, dando la sensación de estar manteniendo una conversación conmigo.

Al ser tan especial para mi, quise que fuese algo que todo aquel que quisiera, pudiese leer, sin necesidad de hacer negocio con ello.

Muchos, la mayoría de los que lo han leído, han coincidido en que no han podido dejar de hacerlo hasta terminarlo. Otros seguramente se han aburrido de la historia de un Don nadie.

Desafortunadamente este libro es tan real como la vida misma y tarde o temprano, todos tendremos que pensar o escribir “A QUÉ SUENAN NUESTROS SILENCIOS”

Escribir sobre mi persona es algo que no puedo hacer, por ello le pedí a mi amiga Tere, después de leer el borrador, que escribiese algo sobre mi y sobre el libro:

Para Raúl, el silencio son respuestas a numerosos
interrogantes que se agolpan en su cabeza desde el mismo
momento en el que empezó su cruel pesadilla. Él, como
tantas otras personas, no se dio cuenta de lo que tenía
hasta que perdió una parte de su alma. Su vida siempre ha
sido el deporte y, ahora más que nunca, lo necesita para
seguir adelante. Correr, y el cansancio que ello supone, es
su medicina: la necesita para respirar y volver a creer que
existen muchas cosas por las que merece la pena
levantarse cada mañana.
Este testimonio es una guía de autoayuda cuando crees que
es tanto el sufrimiento por el que estás pasando, que no hay
salida. Sólo tienes que empujar la puerta que se abre en tu
interior para escucharte a ti mismo.

-Tere Rodríguez – 

 

 

Si este verano te apetece leer una historia real, pincha sobre la imagen y podrás descargarte el pdf.

a que suena el silencio, el libro

Es posible que encuentres algo en este libro que te ayude, que te motive e incluso que te alivie.

Podréis descubrir que para mi, el deporte, va mucho más allá de trofeos, carreras, zapatillas o entrenamientos…

 

LA VIDA ES MARAVILLOSA SI NO SE LE TIENE MIEDO

Era miércoles, el calendario marcaba ese día con el número 12 y su parte superior reflejaba el año 2013.

Un día normal, trabajando como cualquier otro. Quizá ese día estaría pensando lo que pienso mientras pienso en correr.

Para finales de ese año escribí un libro “A qué suena el silencio”, lo escribí para mi, como autoayuda y a menudo lo leo. Esto que os dejo es un capítulo del libro, quizá el peor para mi ya que no soy capaz de olvidar ni un segundo de ese día.

Cuando termines de leerlo, piensa lo que dijo un hombre sabio, un hermano, mi hermano:

LA VIDA ES MARAVILLOSA SI NO SE LE TIENE MIEDO.


 

Un día entre semana, no recuerdo el día exacto ya que mi memoria últimamente me juega  malas pasadas  y ando un poco desorientado. Apareció en el gimnasio, con esa cara tan sonriente, con su cara.

Tomamos un café en la maquina y charlamos de cualquier cosa como hacemos cada mañana. El suele llegar siempre a medio día, a eso de las dos pero si no ha tenido mucho trabajo aparecía antes.

Tomamos café sentados en las sillas altas de color gris plata y asientos negros que tenemos en la entrada, charlando amistosamente de todo y de nada. He de decir que no lo tenía mal aspecto pero que más adelante comentaríamos que tenía cara de cansado, dolores frecuentes de cabeza, nada raro en el ya que le gusta quejarse demasiado. Creo que lo hace para que estemos mas pendientes de el, para sentirse mas cerca y mas respaldado.

Llevaba unos pantalones vaqueros algo desgastados. Mi madre siempre le da mucha caña con su aspecto, arreglate, aféitate, córtate ese pelo, le dice con tono cariñoso. Ella siempre esta pendiente de el.

Vaqueros desgastados y una camisa, no recuerdo el color. Me comentó que quería comprase unas camisetas, que le mandase un correo al almacén con el que trabajamos.

 Mandé un correo a Laura, la chica que nos recepciona los pedidos para que lo tuviese preparado.

Tardó apenas unos minutos en salir corriendo a por ello, para el tienen que ser así las cosas, dichas y hechas.

Recuerdo ver pasar el coche de color gris, mi coche hasta apenas unos meses ya que habíamos pactado que el se quedaría el.  Es un coche más amplio y mas seguro para mi hija, solía decir.

Cuando habla de Valeria se le iluminan los ojos, supongo que todos ponemos la misma cara cuando hablamos de nuestros hijos. Al preguntarle alguien por la niña el siempre dice, guapísima, esta guapísima.

Seguí mi mañana como cada día, charlando con los clientes, atendiendo el teléfono que nunca deja de sonar, corriendo de un lado al otro de la calle para ir a la tienda a cualquier cosa.

A media mañana hacía su aparición en el gimnasio por segunda vez en le día. Cargaba con una bolsa de plástico blanca con camisetas dentro. 

Salió del vestuario con una puesta, la verdad es que le quedaba muy bien, le pasé la mano por la espalda a modo de caricia cariñosa, la caricia de un hermano.

En apenas un segundo ya había desaparecido nuevamente de mi vista.

De nuevo entra por la puerta del gimnasio. Charlamos un rato y en esa conversación me comenta que no ha podido comer hoy pero que no tiene muchas ganas, que con algún batido de proteína será suficiente.

Me pregunta sobre cuál es el mejor que puede tomar, me pregunta siempre todo, como si yo tuviese todas las respuestas y como si sus decisiones dependieran de mi contestación, sabiendo que el luego hace lo que le da la gana.

Le aconsejo uno de sabor fresa que esta riquísimo de sabor. Termina el batido a la misma velocidad que terminamos la conversación. Entra en el vestuario para salir con la ropa adecuada para correr.

De un brinco se sube en la cinta del final de la sala.  A todos nos pasa que tenemos una cinta preferida, esa que aun estando el resto libre esperamos para poder usar si hay alguien subido en ella. A el le gusta esa, dice que se siente mas cómodo en ella.

Comienza a correr a un ritmo de diez  kilómetros a la hora, este ritmo es bastante cómodo para calentar y para sudar un buen rato. Mientras el corre junto con el resto de los clientes yo sigo a mis cosas.

Ese día estaba corriendo junto a el Nuria y Bego, Verónica es la otra chica que forma grupo con ellas pero ese día no pudo venir a entrenar. También varias personas estaban dentro entrenando. Yo andaba trabajando dentro de la oficina.

Con el rabillo el ojo veo que se baja de la cinta y que salía corriendo al vestuario, sin darle ninguna importancia por mi parte veo que sale del mismo unos segundos mas tarde deshaciendo el nudo de los casos del mp3, unos cascos color negro que parece no ser capaz de conseguir quitar ese nudo y que el resultado final será terminar en la papelera después de haberlos cortado con las tijeras en un momento desesperado por deshacerlo.

Mi hermano y sus nervios.

Cuando consigue que los dos cables queden liberados se los coloca  en los oídos y veo como empieza a aporrear su muslo derecho con la mano, denoto con ello que el ritmo se está apoderando de el, que ha encontrado la canción que va a conseguir los doce kilómetros que le había marcado para este día.

Mi hermano le da a la parada de emergencia y se baja de la cinta con mal gesto en la cara, le pregunto que porque se había bajado de la cinta, le dolía los abductores fue su respuesta.

Justo en frente de la recepción tengo una barra que simula la de un bar con las dos banquetas altas que había comentado anteriormente. Hay unos muebles a cada lado de la barra donde guardamos desasidas cosas.

Abrió la puerta derecha del mueble para coger papel higiénico, secarse el sudor y sonarse la nariz. No me di cuenta de que algo estaba sucediendo, de que algo no marchaba como tenía que hacerlo, que mi hermano allí de pie delante mía esta empezado a encontrase mal.

Fue cuando escuche unas palabras que salían de su boca pero que no parecían pronunciadas por el. Le miré y le contesté, ¿qué dices?, siendo esa mí pregunta y su repuesta fue la misma que me había formulado antes y no había podido entender.

Tenia la voz tan distorsionada que esa pregunta la tuve que prácticamente imaginar uniéndola con la siguiente pregunta, ¿Qué si ese bote es para mi? Refiriéndose a los botes que yo tenía en la mano.

Salí del mostrador en menos de un segundo, mi cara, sin verla ya reflejaba la preocupación que sentía por no saber lo que estaba sucediendo en ese instante.

Me acerque a el justo un instante después de ver como el rollo de papel higiénico le caía de las manos, sujetando el un extremo e intentando recogerlo sin apenas hacer ningún movimiento.

Estaba inmóvil, completamente erguido y la sensación que tuve en es momento es que la vida se había ralentizado, casi al punto de pararse. Mi confusión era tal que apenas podía pensar.

Le quité el rollo de las manos y lo puse en el mueble sin apartar mi vista de sus ojos, esos ojos que me lo estaban diciendo todo y que no fui capaz de percibir la respuesta a lo que sucedía.

Llevé mis manos a su cara y le pregunte si estaba bien, me sentía tan confuso que no sabía por donde tirar o que hacer o que pensar. Su respuesta vuelve a ser la misma, si estoy bien, me dice y lo continua con otra pregunta.

¿Por qué?, sigo sin ser capaz de entender lo que está sucediendo y noto que no le puedo transmitir tranquilidad, esa tranquilidad que el siempre necesita que le transmita, solo soy capaz de repetir una segunda vez la misma pregunta ya formulada y respondida.

Empiezo a reaccionar, solo han pasado unos segundos desde que salí corriendo del mostrador para llegar hasta el pero a mi me han parecido horas.

Mi siguiente pregunta es para preguntar si se encuentra mareado, siendo un, un poco su respuesta. Le agarro por la cintura con mi mano derecha y con la izquierda abro la puerta que esta pegada a la maquina de café y que nos conduce a el vestuario masculino y a un pasillo que termina en la sala de actividades colectivas, un pasillo que apenas tiene 3 metros de largo y que finaliza con un escalón de unos  centímetros de alto para poder acceder a la sala.

Entramos los dos en el pasillo, casi no entramos los dos a la vez pero no puedo soltarlo ya que empiezo a notar que su paso ha cambiado y cojea del lado izquierdo.

Esos escasos tres metros de pasillo se hacen kilómetros interminables, quizás los mas largos de mi vida. No termina nunca y cada paso es más lento y me cuesta mas sujetarlo.

Llegaos al escalón y no soy capaz de hacer que baje porque no entramos los dos al mismo tiempo y tengo miedo a soltarlo porque ahora estoy seguro que no va poder ser capaz de aguantar su peso y se derrumbaría en el suelo frío.

No encuentro en mi cabeza la solución a algo tan absurdo como es bajar un escalón, un escalón que habremos bajado millones de veces en toda nuestra vida, que seríamos capaces de hacerlo con los ojos cerrados y con las manos atadas a la espalda pero que en ese instante no veo manera alguna de hacerlo.

Interminable están siendo estos segundos… Me pongo delante de el, ya habiendo bajado yo y con mis manos le sujeto fuerte por la cintura para poder ayudarle a bajar, mientras lo hago noto como su peso corporal se ha triplicado, tal vez sea porque está andando por inercia o será porque tengo tanto miedo que no puedo con el.

Soy bastante fuerte, lo suficiente como para poder levantarlo en volandas como he hecho miles de veces practicando judo con el y ahora no puedo ni aguantar mi propio peso y se me están doblando las rodillas.

Damos un par de pasos más y le tumbo con cuidado, con el máximo de cuidado que alguien puede tener con su hermano en la situación que nos está tocando vivir.

Apoyo su espalda en la colchoneta de color azul. Una de sus piernas se queda flexionada apoyado su pie en el suelo. Le ayudo a estirarla y le dejo completamente tumbado boca arriba, sigue con los casos puestos y en ese momento escucho la música que sale de ellos.

Está sudando mucho, mucho mas de lo que el sudaría por haber realizado apenas tres kilómetros en la cinta a un ritmo no demasiado alto.

Escucho la música por segunda vez, casi tan alto que soy capaz de saber que canción es por el volumen tan alto que tiene, se mete en mi cabeza y no escucho nada mas que eso, esa música infernal que el acompaña con unos movimientos extraños parecidos a un baile.

Mi confusión y mi estado de nervios son tales que estoy ahogándome, no se que puedo hacer, no se que puedo decir, no encuentro repuesta o decisión en mi cabeza para poder continuar, estoy de rodillas junto a el y no soy capaz de nada más y el tiempo el puto tiempo, no para de continuar su camino.

La puerta del pasillo se abre y es a Nuria a quien veo seguida de Bego que entran a toda velocidad en la sala para llagar a situarse detrás de mi. Se que comentamos algo sobre su estado pero no soy capaz de recordar las palabras que pronunciaban, están observando como mi hermano no podía hablar con claridad ya que tenía un lado de la boca paralizado.

Llegue al teléfono que tengo dentro de la recepción que está en la entrada, es un mostrador idéntico al de la barra que sujeta la maquina de café y desde fuera alcancé el teléfono marcando tres dígitos en el.

En cuestión de segundo me habían atendido, una señorita a la que le explique el caso y me puso en contacto con el medico para repetirle las mismas palabras. Colgué el teléfono y regresé junto a mi hermano.

Llegué tan rápido que no recuerdo pasar por ese pasillo que minutos antes había sido interminable.

Me acerqué a el para ver su estado y comprobar que era exacto a antes de haber salido a llamar. Se que está en buenas manos teniendo como enfermeras forzosas a las chicas.

Sin pensar regreso a la recepción para agarra el teléfono otra vez, esta vez marco nueve dígitos, los nueve dígitos del teléfono de mis padres, siendo incapaz ahora mismo de saber quien me contestó, solo recuerdo que expliqué la situación y  dije que se apresuren en llegar.

Para cuando ellos hacen su aparición en la calle estamos sacando a mi hermano tumbado en una camilla para subirle a la ambulancia después de haberle atendido dentro de la sala y estabilizarle.

El miedo y los nervios viajaban con nosotros en el coche.

Llegamos al hospital a la misma vez que la ambulancia, mi madre y yo nos acercamos a la puerta trasera donde bajaban a mi hermano, nos derrumbamos al comprobar que su aspecto físico había empeorado notablemente en el traslado.

En un abrir y cerrar de ojos estábamos de pie en la recepción del hospital, junto a la sala de espera, sin entrar en ella, quizás con la esperanza de verle aparecer.

Un mal pensamiento rondaba mi cabeza ya que había recibido un mensaje del chico de la ambulancia mientras volábamos por la carretera camino del hospital. En el decía que mi hermano había sufrido un Ictus, algo que no pude compartir con mis padres en ese momento para no preocuparles más durante el camino.

El silencio se apoderó de nosotros, cada uno tendríamos nuestros pensamientos mudos en nuestras cabezas.

El silencio lo rompió el vigilante de seguridad vestido de color marrón y amarillo que se acercó a mi para decirme que nos había visto llegar y quería ayudarnos en lo posible al ver nuestra preocupación.

Acércate a la puerta de la entrada a los box y cuando yo te diga me acompañas a ver a tu hermano, dijo con voz tranquila.

No podía articular palabra, no podía pensar, me quedé allí inmóvil como un cachorro, me sentía desprotegido, sin fuerzas, desvalido y queriendo aguantar el tipo y permanecer fuerte para dar tranquilidad a mi familia.

Pasados unos minutos el vigilante me hizo un gesto para que me acercase a el y poder entrar a lo que en aquel momento era un lugar completamente extraño para mi, entrar en un pasillo lleno de enfermos para ver a mi hermano.

El no tenia que estar allí, pensaba mientras recorría el pasillo, sin darme cuenta de quien estaba al otro lado de las cortinas que íbamos dejando atrás a toda velocidad.

Me empujó contra una especie de habitación donde permanecí inmóvil escuchado como me decía que solo le viese y no le hablase.

Le vi llegar empujado por un par de personas, no se si eran hombres o mujeres los que empujaban aquella camilla de sabanas blancas con mi hermano encima de ella.

Me vio asomar la cabeza y me dijo, ¿qué me pasa Raúl?

No había ruido, no había nadie, solo el y yo, los dos solos en el lugar equivocado.

Tu tranquilo Divi, le comente con voz relajada, te vas a poner bien continué, pero mi voz no acompañaba mi rostro.

Al escuchar mis palabras, se recostó en la almohada de la camilla, dio la sensación de que mis palabras como en otras ocasiones le habían tranquilizado. El pensaría que su hermano pequeño estaba ahí, como siempre para ayudarle y cuidarle, creo que eso pensaría al ver como su gesto cambió al escucharme.

De regreso a la sala de espera donde aguardaban mis padres y tíos que ya habían llegado, fui pensando en mis palabras. ¿Le habría mentido?, ¿me habría mentido yo?, ¿Quién tiene las respuestas que necesito escuchar?

Intenté tranquilizar a mi familia comentándoles y adornando lo que había sucedido en ese encuentro pero sin ningún éxito.

Recuerdo que me senté en la silla de plástico que había en mitad de la sala y me puse a llorar, sabiendo que no pintaba bien, queriendo creerme las mentiras que soltaba por mi boca para dejar tranquilos a mi familia.

En ese momento y solo en ese momento pensé, que era yo quien tenía que estar ahí dentro, que yo era mas fuerte físicamente que mi hermano y que yo podría aguantar más el dolor y el sufrimiento, mientras el sería el que estaría en ese silla de plástico esperando a que su hermano saliera de ahí. No quería que mi hermano pudiese sufrir.


 

Cada uno cuando sale a correr sale con sus motivos, mejorar físicamente, ganar, ser el mejor, pasar el rato, divertirse….a uno tiene sus motivos, yo tengo los míos.

Yo salgo a correr y entreno cada día por motivos parecidos a estos, quizá la competición es la que menos me importa de todos ellos.

Ganar o ser mejor es algo que solo intento hacer cuando de mi familia se refiere. Cada vez que salgo a correr llevo una mochila, en ella van mis seres queridos.

Poco  poco se vacía por cosas de la vida, algunas naturales y otras no tanto. Se vacía pero a su vez se rellena, poco a poco, de nuevos amigos, de nuevas personas, de momentos, de miradas, de gestos, de caricias, de vosotros. Porque poco a poco mi mochila se rellena para que no falte de nada y pueda seguir corriendo esta carrera que se llama vida. 

correrporquesi

 

 

BUENA LECTURA – ¿ A qué suena el silencio ?

 

Lee atentamente este texto, son partes de mi libro – ¿ A qué suena el silencio ? – son párrafos sueltos que juntandolos muestran un poco el contenido del libro. Muchos ya lo habéis leído, muchos me habéis animado a publicarlo a un nivel más grande pero he decidido que por el momento siga siendo algo personal, algo que solo pueda leer la gente que me conoce. Este libro se ha escrito como el texto que a continuación puedes leer, sin orden aparente pero que juntando párrafos, ideas, pensamientos puede conseguir ser la vida de cualquier persona.

La felicidad es algo que no crece en los arboles, tienes que luchar por conseguirla, tienes que buscar en cada rincón de tu interior, soy consciente de que no es sencillo, soy la prueba de ello, me cuesta horrores sonreír y poner buena cara en muchas ocasiones pero siempre existen motivos para intentarlo.

a que suena el silencio, el libro

 

 

Sólo soy un hombre
y como hombre hablo.

 

¿Qué es el deporte?
La Real Academia Española, en su diccionario, dice que es una actividad física ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas. La Carta Europea del Deporte lo define como todas las formas de actividades físicas que mediante una preparación organizada o no, tienen como objetivo la expresión de la mejora de la condición física o psíquica, el desarrollo de las relaciones sociales o la obtención de resultados en competición de todos los niveles.

Tenemos que buscar ese punto en el que dejamos de ser deportistas para ser sedentarios empezando, otra vez, a movernos pero a movernos porque sí, sin ninguna razón aparente, y tarde o temprano la magia del deporte hará su aparición en nuestras vidas llevándonos a conseguir unas sensaciones que sólo el deporte es capaz de hacer que sintamos. Tenemos que empezar a querer ser deportistas para poder llegar a conseguirlo. Ése es el primer paso: querer. Aprendamos de los niños y empecemos a disfrutar de ello. Está claro que nuestro cuerpo nos lo agradecerá y la mente tardará poco en sentir sensaciones únicas.

Todo tiene un comienzo y a medida que avanzamos y mejoramos, intentamos que nuestros objetivos cambien. Ésa es la magia del deporte: que engancha. Nos hace sentir tan a gusto con nosotros mismos que no queremos dejar de practicarlo. Puede pasar que lo hayamos intentado y no nos enganche. Eso puede suceder por varios motivos: principalmente porque no sea el deporte de nuestra vida o porque el ambiente, el medio o la compañía no sea la adecuada. Para solucionar esto tenemos que probar, cambiar y nunca cerrar ninguna puerta.

Nada está demasiado lejos si queremos conseguirlo, pero mi consejo en esto es que hay que hacerlo disfrutando: si no disfruto, no tiene sentido seguir. Muchas veces fijamos unos objetivos y en la búsqueda de estos perdemos un montón de cosas y de sensaciones por el camino.
¿Es tan importante alcanzar ese objetivo que nos hemos marcado? ¿Y si para ello tenemos que dejar de lado lo que realmente nos da el deporte ese «chute» de adrenalina que recibimos al practicarlo, esa sensación tan placentera que sentimos cuando salimos a correr o cuando escalamos una pared o simplemente cuando nos cansamos? ¿Es más importante entrar primero o ser el más rápido escalando o es mejor disfrutar de la carrera o de cada grieta que me encuentro escalando una pared? Decidir esto es cosa de cada uno. Está claro que el deporte crea adicción y también nos hace más competitivos, pero el verdadero secreto es disfrutar antes, durante y después de hacerlo.

¿Qué placer puede provocar el sufrimiento? ¡Qué gran pregunta! Para mí es mucho el placer que provoca. ¿Estoy loco
por decir esto? ¿El dolor es placentero? Sí, es la respuesta cuando hablo de deporte. Esto es una de esas cosas que no soy
capaz de explicar, quizá porque no tenga explicación o quizá porque para poder entenderlo tendrías que sentirlo. El sufrimiento consigue llevarte a unos niveles que sólo eres capaz de conseguir sufriendo y esto es igual para todo, no sólo en el deporte, también en la vida: cuando sufres haces, dices y sientes cosas que jamás hubieses hecho, dicho o sentido si el sufrimiento no te hubiese llevado tan lejos.

Le pese a quien le pese y salvo enfermedades o discapacidades que nos lo impidan, el deporte es salud. Esto no significa que sea la solución a todos los problemas físicos, pero que ayuda a prevenirlos está más que demostrado.

Si respetamos los principios básicos sobre alimentación, ejercicio y descanso, podremos llegar a lograr esos
12 objetivos que nos marcamos como prioritarios.

Ese 43 ha cambiado mi vida y con ello la de todos los que me rodean, ya que nunca seré el mismo.

Estaba inmóvil, completamente erguido y la sensación que tuve en ese momento es que la vida se había ralentizado, casi al punto de pararse. Mi confusión era tal que apenas podía pensar. Le quité el rollo de las manos y lo puse en el mueble sin apartar mi vista de sus ojos, esos ojos que me lo estaban diciendo todo y en los que no fui capaz de percibir la respuesta a lo que sucedía. Llevé mis manos a su cara y le pregunté si estaba bien. Me sentía tan confuso que no sabía por dónde tirar o qué hacer o pensar.

Mi confusión y mi estado de nervios eran tales que me ahogaba. No sabía qué hacer. No sabía qué decir. No encontraba
respuesta o decisión acertada en mi cabeza para poder continuar. Estaba de rodillas junto a él y no era capaz de nada más y el tiempo, el puto tiempo, no dejaba de proseguir su camino…

—¿Qué me pasa Raúl? No había ruido. No había nadie, sólo él y yo, los dos solos en el lugar equivocado.
—Tú tranquilo Divi —le comenté con voz relajada—. Te vas a poner bien —pero mi voz no acompañaba a mi rostro.

¿A qué suena el silencio? Ésta es una pregunta con miles de respuestas.

Zancada tras zancada me acerco al final, a un final que no quiero que llegue. Estoy bien aquí. «¡Mientras corro no lloro!»

El hospital es la parte más agotadora de esta historia. Es esa parte que quieres quitar de tu mente, empleando para ello todas tus fuerzas, lo cual tiene como consecuencia perniciosa el «efecto boomerang» y te da de cara todos los días.

—Hola Divi. ¡No me esperabas esta noche! En un segundo saltaron las alarmas: él supo que yo estaba allí…

¿Quién era capaz de meterse en la cama y dormir? ¿Qué iba a hacer, tumbarme, cerrar los ojos? Sólo veía hospital, sufrimiento,dolor, pena… sabiendo que mi hermano, al que tanto quería, no estaba tranquilamente en su casa viendo alguna película,arropando a su niña o durmiendo plácidamente en su cama —¡qué duro!—.

Y en muchos momentos me preguntaba «¿Para qué entreno tanto?». Pero la respuesta a esa pregunta me llegaba al instante de calzarme las zapatillas. Sé que mucha gente no compartiría esto, que para ellos sería mejor quedarse en casa o no hacer nada cuando no se tienen ganas de nada, pero yo sentía todo lo contrario: sentía la necesidad de entrenar, sobre todo de correr —correr hace que no pueda estar sentado. Estar sin hacer nada es muy difícil para mí, eso hace que no pasen las horas y estar sin hacer nada hace que me sienta peor—.

Le llevaba y llevo a mi lado. Corría y corre conmigo. Hacía y hago de mis pasos sus kilómetros. Esta vida es para valientes. No podemos ni sabemos escondernos.